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Diez razones por las que ya no soy de izquierda

Diez razones por las que ya no soy de izquierda

Por Danusha Goska

Artículo original: Top Ten Reasons I Am No Longer A Leftist, publicado originalmente en AmericanThinker.com

¿Qué tan de izquierda era yo? Tan de izquierda, que mi querido tío era miembro del partido comunista en un país comunista. Cuando regresé a su pueblo eslovaco para pagarle una misa, el sacerdote, reconociendo su nombre, se negó de plano.

Tan de izquierda, que un terrorista confeso me propuso matrimonio. Tan de izquierda que fui dos veces voluntaria del Cuerpo de Paz* y tengo un título de UC Berkeley**.

* Voluntariado creado por el gobierno de los EE.UU. durante la presidencia de Kennedy.
** Universidad que recibió a varios miembros de la marxista “Escuela de Frankfurt”, que marcaron el tono en todo el campus.

Tan de izquierda que mi madre, miembro del sindicato de choferes, solía decirle a cualquiera que quisiera escucharla que ella había votado por Gus Hall, dirigente del Partido Comunista, para presidente. Llevaba un botón que decía: «Devoren a los ricos». Para mí no era una metáfora.

No obstante todo ello, voté por los republicanos de derecha en la última elección presidencial.

Aquí hay diez razones por las que ya no soy de izquierda. Esta no es una comparación rigurosa de teorías. Esta lista es idiosincrática, impresionista e intuitiva. Es una explicación de los hitos de mi accidentado viaje.

10) El mal humor.

A finales de los noventa estaba leyendo Anatomía del Espíritu de Caroline Myss, bestseller en ese momento.

Myss describía su almuerzo con una mujer llamada Mary. Un hombre se acercó a Mary y le preguntó si podía hacerle un favor el 8 de junio. «No», respondió Mary: «¡No puedo hacer absolutamente nada el 8 de junio, porque el 8 de junio es mi reunión de sobrevivientes de incesto, y nunca les fallaría! ¡Ya han sufrido tanto! ¡Nunca traicionaría a los sobrevivientes del incesto!

Myss se quedó pasmada: Mary podría haber dicho simplemente “Sí” o “No”.

Al leer esta anécdota, sentí que estaba enfrentando la esencia característica de mi vida social entre los izquierdistas. Nos apresuramos a encasillar a todos en uno de tres roles posibles: víctima, victimario o defensor de los oprimidos. Vivimos nuestras vidas en un constante estado de indignación e ira.

Ya no quería vivir así. Quería cultivar un espíritu de gratitud. Quería ver a los demás, no como víctimas u opresores, sino como posibles amigos, como creaciones amadas de Dios. Quería entender el punto de vista de las personas con las que no estaba de acuerdo sin demonizarlas inmediatamente como opresores y enemigos.

Hace poco asistí a una sesión de capacitación para profesores en una universidad. El presentador, "X", era un profesor nuevo, que aspiraba a un nombramiento permanente. Empezó su charla diciéndonos que había recibido una invitación para compartir una almuerzo festivo con el presidente de la universidad. Me pareció una oportunidad envidiable; no entendía porqué él se veía dramáticamente ofendido.

Resulta que la invitación había sido dirigida al “Sr. y Sra. X”, pero el profesor X era soltero. Se sentía menospreciado. Tal vez la persona que le había enviado el sobre le había faltado el respeto porque él era un miembro de un grupo minoritario y oprimido, los hombres solteros.

Haciendo girar sus ojos con condescendencia, el Profesor X continuó diciendo que no estaba seguro de querer aceptar un nombramiento en esta humilde universidad de segunda línea, donde la mayoría de los estudiantes eran obreros.

La incongruencia entre el supuesto valor de los izquierdistas de defender a los pobres, y su práctica común de expresarse con desdén de ellos, me desconcertó. Los estudiantes, de por sí ya vulnerables, serían influidos por un profesor que consideraba pasar tiempo con ellos como una carga, un fracaso y un estigma.

Barack Obama fue presidente. Kim y Kanye y Brad y Angelina son miembros de hogares multirraciales. Uno podría pensar que los profesores finalmente tienen razones para enseñarles a sus estudiantes a estar orgullosos de América por superar el racismo. No tan rápido, advirtió el profesor X. Su charla era acerca de las microagresiones, definidas como ofensas que demuestran que Estados Unidos sigue siendo racista, sexista, homofóbico y “capacista”, es decir, discriminatorio contra las personas con discapacidad.

El profesor X proyectó una serie de fotografías en una gran pantalla. Una de ellas mostraba viajeros en trajes de negocios, llevando maletines, subiendo escaleras. Esta foto era un acto de microagresión: después de todo —el profesor X recordaba— las personas con discapacidad no pueden subir escaleras.

Agradezco el interés del profesor X de defender a los oprimidos, pero identificar una fotografía de viajeros subiendo escaleras como un acto de microagresión y como prueba de que Estados Unidos sigue siendo una sociedad monstruosamente opresora, me pareció algo propio de alguien que se esfuerza activamente por vivir su vida en constante indignación, “ofendido”. Además, el Prof. X podría haber optado por hablar de sus propios estudiantes de clase obrera con más respeto.

Sí, hay un tiempo y lugar en los que es absolutamente necesario que una persona fomente la conciencia de su propio dolor o del dolor ajeno. Los médicos enseñan a los pacientes a hacer esto: «Localiza el dolor exactamente; calcula cuán fuerte es, en una escala de uno a diez; evalúa si el dolor es agudo, fugaz o constante». Pero los médicos hacen esto por una razón: quieren que el paciente sane, y que supere el dolor. En la izquierda encontré el deseo de sufrir constantemente, para tener siempre algo de qué protestar; desde la propia experiencia del incesto, hasta la incapacidad de los minusválidos de subir escaleras.

9) Indignación selectiva

Yo era estudiante de postgrado. La mutilación genital femenina fue mencionada en clase. Afirmé, sin ambages, que era algo malo.

Un compañero estudiante de posgrado, que tenía beca completa y hoy en día es un profesor con nombramiento permanente, se burló de mí. «Eres tan intolerante. La clitoridectomía es sólo un “rito de paso” propio de otra cultura. Ustedes los católicos tienen la confirmación, por ejemplo».

Cuando Mitt Romney fue candidato republicano a la presidencia en 2012, mencionó que, como gobernador de Massachusetts, buscaba proactivamente candidatas mujeres para los cargos superiores. Tenía, dijo, “carpetas llenas de mujeres”. Quiso decir, por supuesto, que almacenaba los currículos de prometedores candidatas femeninas en carpetas.

Enseguida apareció una erupción de artículos de opinión, programas del Daily Show de Jon Stewart, publicaciones en Twitter, Facebook y Amazon en un ataque frenético contra Romney y al Partido Republicano por su “guerra contra las mujeres”.

Yo fui izquierdista activa durante décadas. Nunca vi en la izquierda indignación significativa contra la ablación del clítoris, el matrimonio infantil, el femicidio de honor, leyes tolerantes de la violación inspiradas por la sharia, la lapidación de mujeres o los ataques con ácido contra mujeres. Nada. Ruido de grillos. No estoy diciendo que la indignación contra esos hechos no exista; digo que nunca la vi.

La indignación selectiva de la izquierda me convenció de que mucho del feminismo estándar de izquierda no trata tanto del apoyo a las mujeres, sino de protestar contra los hombres blancos heterosexuales occidentales. Es un fenómeno de Odio a, más que un fenómeno de Amo a.

8) La intención es lo que cuenta

Mi pegatina de parachoques preferida en el Berkeley ultra-progre decía: «Piensa globalmente; échalo a perder localmente». En otras palabras, “ama a la humanidad, pero odia a la gente”.

Era más de medianoche, en la década de 1980, en Katmandú, Nepal. Un grupo de voluntarios del Cuerpo de Paz estaban bebiendo alcohol ilegal en la Cueva de Momo. Una linda chica de largos cabellos rubios sacó su guitarra y cantó estas letras, que no olvidaré:

Si quieres que tus sueños se cumplan,
trabaja en ellos lento pero seguro.
Pequeños comienzos; grandes resultados.
El trabajo sincero crece con pureza.

Acabo de buscar en Google esta letra, treinta años más tarde, y descubrí que son la canción San Damiano de Donovan, inspirada en la vida de San Francisco.

Escuchando esta canción esa noche en la Cueva Momo, pensé: eso es lo que los izquierdistas hacemos mal. Eso es lo que tenemos que hacer bien.

Nos concentramos tanto en nuestras buenas intenciones. El Cuerpo de Paz decidía quién viajaría al extranjero según nuestro idealismo y “tolerancia”, no según nuestras habilidades o logros. Todos queríamos salvar el mundo. Lo deprimentemente poco que lográbamos, a menudo desaparecía en la próxima sequía, derrumbe o golpe de estado.

El Cuerpo de Paz no se enfocaba en los “pequeños comienzos” necesarios para lograr sus grandiosos objetivos. Las escuelas raramente funcionaban, las niñas en particular y los niños de casta baja en general no asistían, y la corrupción generalizada garantizaba que todos los estudiantes fueran aprobados, independientemente de si habían aprendido o no.

Los estudiantes que sí aprendían no tenían trabajos donde pudieran aplicar sus habilidades, y si lograban superar la pobreza atribuida a su casta, los miembros de castas altas los sabotearían. Gracias al relativismo cultural, se nos prohibía objetar el sexismo desenfrenado o el sistema de castas. “Sólo los opresores intolerantes juzgan las culturas de otros”, nos enseñaban.

Me ofrecí de voluntaria con las Hermanas de la Caridad. Para ellas sacaba agua de un pozo y lavaba la ropa llena de piojos de personas sin hogar. Las hermanas no querían salvar al mundo; alguien ya lo había hecho (el Salvador). Las hermanas se concentraban en las pequeñas cosas, como su fundadora, la madre Teresa, les había enseñado: «No busques cosas grandes, simplemente haz pequeñas cosas con gran amor». Despiojar la ropa de personas sin hogar fue uno de mis pocos logros concretos.

En 1975, después de que Hillary se fue con Bill Clinton al estado natal de él, Arkansas, ella ayudó a crear la primera línea directa de todo el estado para reportar violaciones. Suena bien, ¿eh? Mas Hillary visualizaba el largo plazo. ¿Cómo era Hillary en sus interacciones cotidianas, cara a cara?

Hillary fue abogada de un hombre de 41 años, uno de los dos acusados de violar a una niña de 12 años. La muchacha, que era virgen antes de la violación, permaneció en coma durante cinco días después del ataque. Fue lastimada tanto que le pronosticaron que nunca tendría hijos. En 2014, ella tiene 52 años, y nunca ha tenido hijos, ni se ha casado. Afirma que siempre tuvo miedo de los hombres luego de la violación.

Recientemente ha surgido una entrevista grabada con Hillary Clinton; ella deja claro que pensaba que su cliente era culpable, y se ríe al informar que logró que lo dejaran libre. En una entrevista reciente, la víctima dijo que Hillary Clinton «me hizo pasar un infierno» y que Clinton «mintió como un perro». «Creo que ella quiere ser un modelo a seguir … pero no creo que lo sea, para nada», dijo la mujer. «Si lo fuera, me habría ayudado en ese momento, cuando era una niña de 12 años que fue violada por dos tipos».

Hillary se había enfocado en la línea impactante de su currículum: "FUNDÉ UNA LÍNEA DE AUXILIO A VÍCTIMAS DE VIOLACIÓN", así, en mayúsculas.

Las risas de Hillary al recordar su victoria legal sugieren que, en su opinión, su contribución a arruinar la vida de una víctima de violación es de una importancia relativamente insignificante.

7) Los izquierdistas odian a mi pueblo.

Soy una Bohunk (inmigrante del sureste de Europa, la antigua Bohemia) de clase trabajadora. Hace cien años, los izquierdistas nos amaban. Teníamos trabajos desagradables y mal pagados; los matones contratados por la compañía nos disparaban cuando hacíamos huelgas, y los izquierdistas veían nuestro descontento como combustible para encender su revolución.

Karl Marx prometía el paraíso de los trabajadores a través de una inevitable revolución del proletariado. El proletariado es la clase obrera industrial: gente en overoles y "cuello azul" que trabaja en minas, molinos y fábricas: exactamente lo que hacían inmigrantes como mis padres.

Al final, sin embargo, no resultamos ser marxistas modelos. Creíamos en Dios y éramos a menudo católicos devotos. Los izquierdistas querían que nos despojáramos de nuestras identidades étnicas y nos uniéramos a la hermandad proletaria internacional: “Trabajadores del mundo, uníos!”. Pero nos aferrábamos a nuestras distinciones étnicas.

Las generaciones futuras perdieron sus lazos ancestrales, pero no adoptaron la bandera de la internacional socialista; ondeaban la bandera americana. “La propiedad es un robo” es un lema comunista, pero nadie estaba más orgulloso de su casa que un polaco de primera generación que ha escapado de la clase de campesinos sin tierra y asegurado su nido suburbano.

Los izquierdistas sentían que los habíamos defraudado, así que se volvieron en contra nuestra. Esto no es sólo historia antigua. En 2004, el libro ¿Qué pasa con Kansas? pasó dieciocho semanas en las listas de los más vendidos. La premisa del libro: los trabajadores son demasiado estúpidos para saber lo que les conviene, así que votan por la derecha, cuando deberían votar por la izquierda. En Inglaterra, el libro se titulaba, ¿Qué le pasa a EE.UU.?

Nos convertimos en el “cuco” de la izquierda: el obrero burgués sin conciencia de clase que aspira a un mejor nivel de vida. Aunque ya habíamos vivido en los Estados Unidos durante unas cuantas décadas cuando comenzó la demonización, los izquierdistas —en la academia, en los medios de comunicación y en el habla informal— culpaban a las clases obreras inmigrantes de los crímenes estadounidenses, incluido el racismo y la guerra “imperialista” de Vietnam. Me refiero a películas como The Deer Hunter, personajes como Archie Bunker en All in the Family (“Todo en familia”), o los chistes de polacos con los que los elitistas me atacaban cada vez que me presentaba en la universidad de Berkeley.

Los izquierdistas denigran sin reparos a los blancos pobres, llamándolos rednecks, “basura blanca”, “basura de remolque”, “pueblerinos ignorantes”. Al mismo tiempo que los izquierdistas profieren con gusto estos insultos racistas y clasistas, son tan hipócritas que prohíben a cualquier persona pronunciar la palabra nigger, hoy considerada ofensiva, al leer a Mark Twain en voz alta.

James Carville, asesor del presidente Bill Clinton, resumió sucintamente el desprecio izquierdista por los blancos pobres en su memorable frase: “Arrastra un billete de cien dólares a través de un parque de remolques; nunca sabrás lo que encontrarás”.

El odio visceral de la izquierda contra blancos pobres se desbordó como un desagüe roto cuando John McCain escogió a Sarah Palin como vicepresidenta en 2008.

Sería imposible, y perturbador, intentar identificar el comentario más ofensivo que los izquierdistas lanzaron contra Palin. Los ataques contra Palin fueron tan escandalosos que los mismos izquierdistas propusieron públicamente que cesaran; después de todo, le estaban dando a la izquierda un mal nombre.

El blog The Reclusive Leftist publicó en 2009 que fue un “gran shock” descubrir «hasta qué punto tantos izquierdistas de hecho desprecian a los trabajadores». El blog se centra en el periodista de Vanity Fair, Henry Rollins. Rollins recomienda que los izquierdistas “follen con odio a las mujeres de derechas” y denuncia a Palin como una “pueblerina ignorantona” a quien se puede comprar con un cupón para una comida gratis en un restaurante de comida rápida.

Denigrarnos no es suficiente. Las políticas de izquierda nos sabotean. La “acción afirmativa” premia a sus beneficiarios sólo por el color de su piel, no por sus ingresos. Incluso este enfoque limitado falla. En su estudio de la Universidad de Yale en 2004, Thomas Sowell (él mismo de raza negra) insiste en que la “acción afirmativa” sólo ayuda a los afroamericanos más ricos. Los negros pobres no se benefician.

En 2009, los sociólogos de Princeton Thomas Espenshade y Alexandria Radford demostraron que los blancos cristianos pobres están subrepresentados en los campus universitarios de élite. Los izquierdistas agregan tras cuernos, palos: un chico blanco de origen obrero, que se siente perdido y sin amigos en el terreno hostil de un campus universitario —campus que tiene que abandonar inmediatamente después de terminada la clase, para poder llegar a su trabajo de tiempo completo en MacDonald’s— debe aceptar que es un beneficiario del “privilegio de los blancos”, si quiere obtener buenas calificaciones en clases obligatorias sobre racismo.

La izquierda sigue buscando a su proletariado. Apoya la inmigración masiva por esta razón. George Borjas, de Harvard, inmigrante cubano, ha sido llamado “economista de inmigración líder de Estados Unidos”. Borjas señala que la inmigración masiva de América Latina ha saboteado a los trabajadores pobres de Estados Unidos.

Es un poco más que extraño que los izquierdistas, que se describen a sí mismos como la voz del trabajador, elijan a los propios obreros como su “adversario”, y como víctimas de su perniciosa ingeniería social.

6) Creo en Dios.

Lee a Marx y descubrirás una mitología irreconciliable con cualquier otra narrativa, incluida la Biblia. Pasa tiempo en ambientes de internet de izquierda, y descubrirás un odio irracional por la tradición judeo-cristiana. Descubrirás un vocabulario alternativo en el que Jesús es un “judío muerto en un palo” o un “zombie” y cualquier creencia es una farsa arbitraria, el equivalente al “monstruo de espagueti volador” recientemente inventado.

Descubrirás el revisionismo histórico que afirma que el nazismo es una denominación cristiana. Descubrirás un rechazo al fundamento judeo-cristiano de la civilización occidental y de conceptos americanos como los derechos individuales y la ley. Descubrirás un vacío nihilista, el tipo de vacío de significado que la naturaleza aborrece y que, con demasiada frecuencia, la historia llena con las peores pesadillas totalitarias.

5 y 4) Falacias de “hombres de paja” y “Para hacer una tortilla hay que romper unos cuantos huevos”.

Me asombro ahora al reflexionar sobre ello, pero nunca, en todos mis años de activismo izquierdista, nunca oí a nadie de la izquierda expresar con exactitud la posición y argumentos de alguien de derecha. De hecho, ni siquiera conocía esas posiciones cuando era izquierdista.

“La verdad es lo que sirve al partido”. La Revolución Con Mayúscula era tan buena, que eliminaba todo lo malo; así que manipular los hechos no era ni siquiera un pecado venial: era algo bueno. Si quieres hacer una tortilla, tienes que romper unos cuantos huevos. Uno de esos huevos era la verdad objetiva.

Ron Kuby es un presentador de radio de izquierdas en la WABC de Nueva York. Él emplea la falacia del “hombre de paja” a cada hora. Si alguien llama a su programa y critica la acción afirmativa —¿no deberían esos programas enfocarse según el nivel de ingresos, en vez del color de piel?— Kuby rompe el dique. Es estridente. Es hiperbólico. Acusa al oyente de ser miembro del Ku-Klux-Klan. Pintará cuadros gráficos de los horrores de linchamientos de negros y la muerte de Emmett Till y preguntará indignado: «¿¡Y apoyas eso?!».

El radioyente, por supuesto, no apoya eso, pero es más fácil movilizar a una turba con “santa ira” e indignación contra un “hombre de paja” exagerado, que producir un argumento razonado en contra de un oponente razonable.


El 16 de junio de 2014, el columnista del Washington Post, Dana Milbank, publicó una columna afirmando que una musulmana pacífica fue casi linchada verbalmente por violentos islamófobos en un panel de la fundación Heritage. Lo que Milbank describía era despreciable.

Desafortunadamente para Milbank y la credibilidad del Washington Post, alguien filmó el evento y lo subió a YouTube. Los panelistas, entre ellos Frank Gaffney y Brigitte Gabriel, expresaban sus puntos de vista de una manera cortés.

Por cierto, Saba Ahmed, la “musulmana pacífica”, es “amiga de la familia” de un conspirador terrorista que expresó un deseo específico de asesinar a niños. Pronto quedó claro que Milbank se estaba inventando lo que narraba.

Milbank calumnia a cualquier persona que intente siquiera un análisis de la yihad, fuerza a la que actualmente se le atribuye el asesinato de inocentes —incluyendo musulmanes— desde Nigeria hasta Filipinas. La estrategia izquierdista de calumniar a los que mencionan hechos incómodos suprime el discurso, y tiene un impacto devastador en la búsqueda de la verdad en el periodismo y en los campus universitarios.

2 & 3) No funciona. Otros enfoques funcionan mejor.

Cuando aún era izquierdista, fui a escuchar una conferencia del autor conservador David Horowitz en 2004. Mi intención era abuchearlo.

De repente Horowitz dijo algo que interrumpió mis ideas. Señaló que Camden, Paterson y Newark tenían décadas de liderazgo demócrata, “de izquierda”.

¡Ay!

[Esas tres ciudades del estado de Nueva Jersey aparecen constantemente en listados de “las peores ciudades de EE.UU.”, donde abundan la pobreza, el crimen, desempleo, amplio uso de drogas en una población con bajos niveles de educación. N. del T.]

Crecí entre los estadounidenses de “la generación más grande” * que habían ayudado a construir estas ciudades. Una mujer me dijo: “Tan pronto como recibí mi paga semanal, corrí a la avenida principal de Paterson, y todo mi sueldo terminó encima de mí, en un nuevo vestido”.

* Hace referencia a la generación que creció durante la gran depresión de EE.UU. y que se sacrificaron en los frentes durante la segunda guerra mundial, frecuentemente descritos como abnegados, sacrificados y trabajadores.

En los años 50 y 60, mis padres y los padres de mis amigos huyeron de la violencia mortal en Newark y Paterson.

En pocas décadas, Paterson, Camden y Newark se convirtieron en barrios bajos invivibles, con muertes por tiroteos, tráfico de drogas y basura desparramada en las calles. El dolor que los habitantes de Nueva Jersey expresan sobre estas ciudades fallidas es la herida abierta de nuestro estado.

Vivo en Paterson. Enseño a sus jóvenes. Mis estudiantes están maniatados por la ignorancia. Me hallo hablando a jóvenes nacidos en los Estados Unidos en un dialecto del inglés entrecortado, que podría usar con un vendedor de té en una estación de tren de Calcuta.

Muchos de mis estudiantes ignoran mucho más que sólo vocabulario. No saben tener confianza en sí mismos, o ser persistentes. No se dan cuenta de que las personas que tienen autoridad sobre ellos han enfrentado y superado obstáculos. Sé que ignoran estas cosas porque me lo cuentan. Una estudiante confesó que cuando se dio cuenta de que uno de sus maestros había superado reveses, saberlo cambió su vida.

Mis estudiantes “saben” —porque se los han enseñado— que Estados Unidos está dirigido por racistas poderosos que nunca los dejarán ganar. Mis estudiantes “saben” —porque se los han repetido mil veces— que la única manera en que pueden salir adelante es ubicar y acercarse a esos pocos blancos izquierdistas que los compadecerán y echarán migas ante sus cabezas inclinadas y suplicantes y sus palmas extendidas.

Mis estudiantes han aprendido a concentrarse en lo peor que les ha pasado, asumir que ocurrió pues Estados Unidos es un país injusto, y han aprendido a recitar esa historia, como una marcha fúnebre, a quienquiera que esté al mando, desde trabajadoras sociales a profesores universitarios, y han aprendido a esperar la generosidad de dichas personas.

Como Shelby Steele tan brillantemente señala en su libro El complejo de culpa del blanco, la estrella de la lúgubre historia que mis estudiantes negros han aprendido a narrar a cambio de favores, no son ellos mismos. La estrella de esta historia, al igual que antes del Movimiento por los Derechos Civiles —que se suponía iba a trastocar las relaciones raciales— era el hombre blanco de izquierda. El generoso blanco izquierdista aún protagoniza la historia.

En la novela Ciudad de la alegría de Dominique La Pierre (1985), un joven médico estadounidense, Max Loeb, confiesa que servir a los pobres en un tugurio cambió para siempre sus ideas sobre lo que realmente podría mejorar su futuro. «En un tugurio un explotador es mejor que un Papá Noel … Un explotador te obliga a reaccionar, mientras que un Papá Noel te inmoviliza, como una droga».

Aquel comentario extraño de David Horowitz, un hombre que yo consideraba como el enemigo, provocó la lenta pero firme comprensión de que mis ideales, los ideales según los cuales había vivido durante toda mi vida, estaban envenenando a mis estudiantes y a Paterson, mi ciudad.

Después de que me di cuenta de que nuestros enfoques de izquierda no funcionan, empecé a leer sobre otros enfoques. Tuve otro momento ¡eureka! mientras escuchaba un vídeo de dos minutos y veintitrés segundos donde Milton Friedman respondiendo a la condena de la “ambición” que hace Phil Donahue.

La única respuesta racional a Friedman es “Dios mío, tiene razón”.

1) El odio.

Si el odio fuera la única razón, bastaría para dejar de ser izquierdista sólo por esto.

Hace casi veinte años, cuando no podía concebir ser sino izquierdista, me uní a un foro en línea de izquierda.

Antes de eso ya había tenido veinte años de participación cara a cara en la política de izquierda: marchas, organización, socialización.

En este foro en línea, de repente mi único contacto con otros izquierdistas eran las palabras que tecleaban en una pantalla. Ese contacto limitado y enfocado revelaba algo.

Si tomas todas las palabras escritas en el foro a diario y las organizas de acuerdo a su tipo, rápidamente notarás que los sustantivos expresan las emociones de ira, agresión y repulsión; los verbos hablaban de destrucción, castigar, y vengarse; superaban en número a cualquier otra clase de palabras.

Una discusión se titulaba “¿Qué le repugna de los EE.UU.?”. La discusión empezó en 2002. Casi ocho mil publicaciones más tarde, la discusión seguía activa en junio de 2014.

Aquellos que publicaban en este foro de izquierdas narraban lo que hacían todos los días, desde votar, a asistir a una manifestación, hasta planificar toda su vida, porque querían destruir algo, y porque odiaban a alguien, más que porque querían construir algo, o porque amaban a alguien.

Si eras de izquierda, ibas a una protesta contra la guerra de Irak porque odiabas a Bush, no porque amaras la paz. Por lo tanto, cuando Obama bombardeó Irak, nadie organizó ninguna protesta, porque no odiábamos a Obama.

Experimenté una poderosa disonancia cognitiva cuando reconocí el odio. El más derechoso de mis conocidos de la derecha —yo no tenía amigos de derecha— no expresaba nada similar. Mis conocidos de la derecha hablaban de amor: a Dios, a sus familias, a su comunidad.

No estoy diciendo que los derechistas que yo conocía eran mejores personas; no sé si lo eran o no. Estoy hablando aquí, simplemente, sobre el lenguaje.

En 1995 sufrí una enfermedad paralizante. No podía trabajar, perdí los ahorros de toda mi vida y viajé por tres estados de cirugía en cirugía.

Un amigo de izquierda, Pete, me envió correos electrónicos en contra de políticos republicanos como George Bush, de quien se refería despectivamente. Los republicanos eran culpables de lo que me ocurría porque se oponían a la medicina socializada universal. De hecho, no es del todo cierto que la medicina socializada me hubiera ayudado; la condición que sufría no es común y no había ningún tratamiento garantizado.

He visitado foros en línea para quienes sufren la misma aflicción. Uno de los pacientes, que se identificaba como un exitoso ejecutivo de Nueva Jersey, anunció públicamente que los síntomas tan horribles y su empobrecimiento debido a costosos tratamientos hicieron que su esposa lo abandonara; así que había decidido quitarse la vida.

Dejó de publicar después de ese anuncio, aunque respondí a su mensaje y le pedí una respuesta. Es posible que se haya suicidado, exactamente como dijo que haría: dejando el auto encendido en el garaje cerrado.

De repente me di cuenta de que mi botón de solapa que instaba a “devorar a los ricos” era un pecado basado en una mentira.

En cualquier caso, en el momento en que me diagnosticaron, Bush no era presidente, sino Clinton. Y, como se lo señalé a Pete, sus incesantes y vehementes expresiones de odio contra los republicanos no me ayudaron en nada.

Tenía una amiga monja, Mary Montgomery, de las Hermanas de la Providencia, que me invitaba a almorzar un par de veces al año y me regalaba tarjetas de compra de veinte dólares en Navidad. Sus gestos de apoyo conmigo, en lugar de ser expresiones de odio contra alguien —aunque dichos gestos fueran minúsculos y no hicieran nada para devolverme la salud— significaban mucho para mí.

Hace poco trataba de explicar este aspecto de por qué dejé de ser izquierdista a mi amiga Julie, que aún lo era. Ella respondió: «No, yo no soy una persona desagradable, trato de ser amable con todo el mundo».

«Julie», le dije, «eres miembro activo del movimiento Occupy Wall Street. Podrías dedicarte a enseñar a los niños a leer, o visitar a los ancianos en los asilos, u organizando mingas de limpieza en los barrio pobres. Sin embargo, pasas tu tiempo protestando y tratando de destruir algo, el capitalismo».

«Sí, pero soy muy amable cuando lo hago», insistió ella. «Siempre protesto con una sonrisa».

Pete ahora es un amigo de Facebook y su perfil desborda con la ira que estoy segura él ve como “santa”. Protesta contra los cristianos homofóbicos, los imperialistas norteamericanos y Monsanto. No sé si Pete alguna vez dona a una organización en la que confía, o a alguna persona que sufra de una enfermedad, o si alguna vez dice cosas reconfortantes a los afligidos. Pero sí sé que odia.

Ahora tengo amigos de derecha, y sí se enojan, y expresan su ira. Pero cuando me encuentro con una diatriba desquiciada y desproporcionada, cuando encuentro fantasías detalladas de venganza en lenguaje escatológico y sádico, sé que estoy viendo un sitio web de izquierda.

Ya que la izquierda se enorgullece de ser la liberadora de las mujeres, de los homosexuales y de ser “abierta al sexo”, uno de los aspectos más extraños y obvios del odio propio de la izquierda es cuán frecuentemente y con qué virulencia se expresa en términos misóginos, homofóbicos y con el tono antisexual de un adolescente reprimido.

Los odiadores progres son lo bastante conscientes de cuán poco cool sería sería usar un insulto como “maricón” [fag], por lo que disimulan su discurso con términos que indican la violación anal como “ardido” [butthurt].

Los izquierdistas insultan a los derechistas como “tomadores de té” [teabaggers]. Si aparentemente se refieren despectivamente a quienes adhieren al movimiento de la “fiesta del té” (Tea Party, movimiento conservador que propugna un gobierno mínimo) el doble sentido es que el blanco del insulto es una mujer o un hombre gay a quien le ponen los testículos en la boca como humillación y es, por lo tanto, inferior y despreciable.

El discurso misógino tiene una larga tradición a la izquierda. En 1964, Stokely Carmichael dijo que la única posición para las mujeres en el Movimiento por los Derechos Civiles era “boca abajo”. La misoginia de Carmichael es aún más escandalosa dada la verdadera función de mujeres como Rosa Parks, Viola Liuzzo y Fannie Lou Hamer en el movimiento por los derechos civiles.

En 2012, las blogueras ateas Jennifer McCreight y Natalie Reed revelaron el grado en que la misoginia domina el movimiento del Nuevo Ateísmo. McCreight citó la respuesta de un ateo prominente a una mujer que criticaba una de sus posturas. «Te convertiré en una víctima de violación si no te vas a la mierda … Creo que deberíamos darle una medalla al tipo que te violó. Espero que te ahogues en el semen de tu violador, vaca fea y maliciosa… ¿Es así como la verga de tu violador entró en tu coño? O usó tu culo … te voy a violar con mi puño».

Un ejemplo notorio de maledicencia izquierdista fue proferida por Martin Bashir del canal MSNBC a finales de 2013. Bashir dijo, al aire y como parte de su presentación ensayada —no como si hubiera sido una momentánea pérdida de control— algo tan vil acerca de Sarah Palin que no voy a repetirlo aquí. [V. N. del T.] Por muy extremo que sea, el comentario de Bashir es bastante representativo de buena parte de lo que leo en los sitios web de izquierdas.

Podría decir otro tanto sobre un fenómeno verdaderamente espantoso: el antisemitismo de izquierdas, pero dejaré el tema a otros más calificados. Puedo decir que cuando me lo encontré por primera vez, en una fiesta de recaudación de fondos de la OLP en el condado de Marin, ¡me sentí como si hubiera viajado en el tiempo al Berlín de preguerra!

Me di cuenta que necesitaba dejar la izquierda cuando decidí que quería pasar tiempo con la gente construyendo, cultivando y creando algo que amáramos.